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LA CLASE

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Todos hemos sido alumnos.  Algunos llevamos más de 20 años siéndolo, pero ello no ha bastado para que nos pongamos en el lugar del profesor y comprendamos el porqué de tanto estudio sobre materias irrelevantes y tantas horas sentados sin rechistar.  La Clase no es más que un fragmento de todas las aulas de la Europa Occidental, donde se forman las generaciones del futuro con sus grandes logros y deficiencias insalvables.  Es, por añadidura, un episodio del conflicto social, pues no hay mejor muestra de lo que nos espera que un grupo multiétnico de chavales que por norma general no han oído hablar de modales ni de la continencia verbal.  El cineasta francés Laurent Cantet desarrolló durante un curso entero un taller de dramaturgia en el instituto parisino Françoise Dolto, el mismo escenario de la película, basándose en la novela Entre les Murs de François Bégaudeau, quien tanto en la historia como en la vida real es profesor de lengua en el distrito veinte de París.  Los actores hacen de sí mismos.  Bastaron tres semanas del verano de 2007 para grabar las ideas recogidas a lo largo del curso.  La cinta empieza en un bar en el que Bégaudeau apura un café, luego entra en el instituto dispuesto a dar comienzo al curso, y ya ni los personajes ni el espectador vuelven a escapar de sus muros.  El aula, la sala de profesores, el patio y el despacho del director.  Los entornos más cotidianos valen para dar fe de las tensiones entre alumnos por un lado y entre alumno y profesor por el otro.  El distrito veinte parisiense no es uno de esos suburbios golpeados por la drogadicción, el paro y el absentismo escolar, sin embargo refleja unos males educativos que deberían ser intolerables.

 

Yo mismo, que salí del instituto público con más pompa del centro de la Gran Ciudad, reconozco con total nitidez esos problemas en mis pasajes de adolescencia.  Del instituto Sálvese quien Pueda la peña se ausentaba lo que le daba la gana, sus broncas recorrían las bocas de todos los quinceañeros a ambos lados del río.  Por si fuera poco, a una orilla del Huerva teníamos el parque Lafuma, y con ello acceso a toda serie de drogas blandas para fumar.  En la otra orilla, la zona de bares más desaconsejable de las múltiples que salpican la ciudad, un escenario de lo sórdido que, a base de borracheras, ya nos resultaba simpática a los chavales de los ‘tutos.  Y no obstante todo seguía siendo tan normal.  Éramos víctimas de un sistema educativo pésimo y los primeros perjudicados por las euforias y ataques de ira propios de esa edad, los cuales desencadenaban en situaciones bien variopintas que debían ser soportadas por unos sacrificados profesores.  Los peligros de una edad en la que las hormonas te comen de la cabeza a los pies dan pánico, como un abismo, pero era la cotidianeidad de cada día.  El hecho de que la Policía tuviera que venir a montar guardia en los descansos y a la hora de la salida era normal, las manchas de sangre en el patio del recreo también.  O quizás no tuviésemos la suficiente sensatez para pensar que no lo era tanto.  Ahora que han transcurrido unos pocos años, cuando paso por la puerta del Sálvese Quien Pueda velo por que las cosas hayan mejorado ahí dentro.  Que los profesores no tengan que aguantar tanta insolencia junta. 

 

El instituto es un lugar maravilloso, la última oportunidad que uno tiene para mezclarse con gente de todo tipo y además sufrirla.  Los inteligentes padecen el retraso de los rezagados; las chicas se soportan inconfesables envidias mutuas; los chicos, una frustración sexual con el potencial de lastrar su vida amoroso-afectiva para siempre; los macas joden a los tímidos, esos que en ocasiones acaban con el síndrome Amok, mientras que éstos (quienes muchas veces son los más inteligentes) sin pretenderlo hacen sentir a sus verdugos como unos inútiles, unos auténticos mierdas sin futuro alguno.  En el instituto la gente aprende a socializarse y, aunque no sea mi caso, suele hacer los amigos que les acompañarán durante buena parte de su existencia.  Por si fuera poco, es el lugar donde se aprende aquello de que en toda regla siempre hay una parte de injusticia.  Los castigos tienden a ser colectivos, pues todos sufren por el error de uno.  Materias como la sintaxis, la música, los ejercicios anaeróbicos y el funcionamiento de un relé no sirven para nada.  ¿Quién se acuerda ahora de eso?  Lo importante es la convivencia y el saber estar, y si para eso hay que utilizar como pretexto temarios infumables, entonces los alumnos se pasarán las tardes de mayo estudiando en casa con tal de que no bajen al parque y caigan en drogas peores.

 

Así las cosas, los profesores se ven en la obligación de tener que transmitir a sus pupilos no ya solo las lecciones, sino también las normas básicas de conducta, pues en según qué casos los padres ya no están para esos menesteres.  ¿No es una responsabilidad demasiado grande? ¿Demasiado peso para los hombros de un profesor?  Ahora que he visto La Clase comprendo las encerronas en las que los alumnos ponían a los profesores en el ‘tuto.  El gesto pusilánime de Bégaudeau me ha enseñado que esta profesión puede ser muy frustrante si uno no se la toma con la mentalidad de un agente del orden.  La peli’ no es más que una muestra de esas situaciones y las difíciles decisiones que los maestros han de asumir, a veces sin una percepción real sobre las consecuencias que estas tendrán sobre el futuro de los chavales.

 

El resultado no podía ser más vibrante y revelador, sobre todo para los que tenemos bastante con ser alumnos y nunca llegamos a profesores.  Pensamos que, tras dos décadas de tedio en el pupitre, no habría mayor tortura que consagrar la vida de uno a la docencia.  El extracto de ‘vérité’ propuesto por Cantet nos pone ante las debilidades y fortalezas del profesorado, esos seres que sufren los caprichos de toda la sociedad en su momento más virulento.  Esta película no es una oda a su entrega porque también identifica su insuficiencia.  A fin de cuentas, en todas las disciplinas habrá siempre profesionales buenos y malos.  Ahí están las universidades, plagadas de catedráticos que esperan a cobrar sus sueldos estratosféricos apoltronados en el sillón.  Si fuera Ministro de Educación les obligaría a sacarse un master en pedagogía, a ver si de esta forma nos librábamos de los profesores soberbios e incompetentes.

 

La Palma de Oro que La Clase recibió en el Festival de Cannes de 2008 está más que justificada.  Por cierto, es la primera que recibía un film francés desde hacía veintidós años.  Haciendo uso de situaciones verosímiles somos testigos de un profundo drama colectivo (¿acaso no lo es el fracaso escolar?) que no desemboca ni en tragedia ni en resolución, sino en un aula vacía a finales de junio.  La última secuencia de la película termina en un escenario tan desolador como ese, mientras fuera los profesores y los alumnos juegan al fútbol para celebrar que todo ha sido un juego.  Un curso tan rutinario como el anterior, del que al menos esperamos haber aprendido algo.

16/07/2009 13:03 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

NETWORK, UN MUNDO IMPLACABLE

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Ya estoy de vuelta, cumpliendo in extremis con mi compromiso personal de escribir al menos dos veces al mes.  Desde que aparecí por última vez he andado algo liado con las inutilidades de siempre y he pasado una especie de paraíso vacacional en Valencia.  Ahora toca que me peten el trasero a base de exámenes en la facultad del Ahogamiento Estimulado, pero prometo mantener el blog ni más ni menos olvidado que hasta la fecha.

 

El octogenario Sydney Lumet asomó la cabeza en el mundo del cine con Doce Hombres sin Piedad allá por 1957.  Con semejante carta de presentación lo mínimo que se espera de un director son viajes mentales, protagonistas entre las cuerdas y planos cortos por doquier.  En Network, que en España fue acertadamente subtitulada Un Mundo Implacable, Lumet desarrolla sus debilidades como director en el seno de una corporación de medios de comunicación.  Howard Beale (Peter Fynch) es un veterano presentador de informativos. Consciente de que le despedirán al cabo de dos semanas, anuncia en el telediario su intención de suicidarse en antena al cabo de unos días.  Lo que en un principio revuelve todos los despachos de la cúpula directiva se convierte en un filón de oro cuando los responsables de la cadena se dan cuenta del tremendo incremento de audiencia que Beale les ha aportado.  En un par de reuniones los directivos pasan de defender a uñas y dientes el compromiso informativo a perseguir los saldos positivos a cualquier coste. 

 

A base de unos personajes absorbidos por sus trabajos Lumet describe lo que perfectamente podría haber sido la llama que provocó todo este incendio: la costumbre de los medios de sacrificar su compromiso social y hacer de la información un producto de consumo más.  No soy historiador de la televisión, no sé quién lanzó la piedra (seguramente se apresuró a esconder la mano), pero creo que fue en reuniones improvisadas después de un escándalo como el supuesto donde se tomaron decisiones de tamaño calibre.  Franck Hackett (Robert Duvall) despide sin reparos al siempre íntegro Max Schumacher (William Holden) mientras Diana Christensen (Faye Dunaway) se relame en la esquina del despacho.  Todos los actores se salen.  A mediados de los setenta Duvall estaba en su momento de gracia y el hecho de que no le dieran el Óscar a mejor secundario se queda en anécdota.  Beatrice Straight sí ganó el galardón de la Academia por su papel secundario como la mujer de Shumacher.  Dunaway (a la que todos recordamos como la desafortunada Bonnie de Bonnie & Clyde) recibió la estatuilla a la mejor actriz femenina y Fynch hizo lo propio con la masculina, convirtiéndose en el primer actor de la historia en recibir el premio a título póstumo, pues falleció durante la gira promocional de Network a causa de un infarto al corazón.  Por último pero no menos importante, Paddy Chayefsky ganó el Óscar por el mejor guión original.

 

Hasta aquí todo está muy bien.  La película es correctísima y a los que trabajamos en los medios nos provoca más de una carcajada.  Pero sería injusto para el genio de Lumet quedarse en el comentario cinematográfico, pues su cinta planea sobre los códigos deontológicos de pacotilla rubricados por los medios y los rebaja a la categoría de demagogia barata.  Lumet fue un visionario; a partir de 1976 nada volvió a ser lo mismo, las cadenas de televisión crearon un "dios prefabricado" y lo catapultaron a la fama, a unas alturas en las que terminó mareado por el éxito.  No conformes con ello, comenzaron a creerse los más idóneos para dar lecciones sobre los valores más supremos, como la democracia.  Te dicen que la televisión es lo más democrático que existe.  Si un programa no gusta, la gente deja de verlo y desaparece de la pantalla.  Entonces será que el público se ha aficionado de la noche a la mañana a los realities, que conoce de primera mano los costes de producción de los espacios y los programa acorde a esa inversión.  Damos a la audiencia el poder absoluto para elegir lo que quiere ver, la vanagloriamos hasta el extremo de decir chorradas como esta.  No sé vosotros, pero yo desconfío por instinto de quien me elogia, porque pienso que me toma por tonto o me da por muerto.

 

En efecto, vivimos en un mundo implacable.  El medio de comunicación de masas por excelencia está hecho cautivo.  Es el segundo poder, gobernado por el primero - la economía -, para el control del tercero - la política -.  Las cualidades óptimas de la TV para difundir cultura y conocimiento se ven sepultadas por el mercadeo más fatal.  Todo es debido a la prodigiosa fuerza de atracción de lo audiovisual.  Hasta los terroristas, colectivo antisistema por antonomasia, son producto de la TV.  Sus atentados encajan como un guante en los titulares y de vez en cuando dan tema suficiente para llenar extensos reportajes, que se hacen eco de la sangre y la destrucción como si de un acto teatral se tratase.  Los atentados, las bajezas morales de los políticos y los desfavorecidos son tratados bajo la máxima del "Todo será programado" propuesto por Hackett en el momento de despedir a Schumacher.  Sin embargo, lo que verdaderamente me revuelve las tripas es el tratamiento cobarde que los departamentos de servicios informativos le dan a esta realidad.  Lejos de reconocerla, se escudan en la inexistencia de la objetividad y optan por garantizar la honestidad de sus profesionales.  La honestidad sale gratis.  Basta con colocarse en un medio que sea afín a tu ideología para ser honesto.  Por el contrario, la imparcialidad y la búsqueda de la objetividad son prácticas que por complejas y caras se encuentran en retroceso.  Independientemente de que exista o no la objetividad, es en su búsqueda donde uno se hace profesional.  Conformarse con ser honesto es una postura demasiado cómoda por muy bien pagada que esté.  El resultado salta a la vista: tenemos unos telediarios que dan pena y cada vez más los reportajes hechos cámara al hombro invaden la parrilla televisiva al servicio de formatos patéticos.  No ahondaré más en esta cuestión porque paso de herir sensibilidades.  A fin de cuentas parece que es este tipo de contenido el que encoje a la gente en sus sofás. En lo que a mí respecta, les volvió a salir una china en el zapato.  No me conmueven las noticias de cierre de informativo con las que pretenden retener nuestra atención durante los pocos segundos que dura el primer anuncio del corte publicitario.  Digamos que mi umbral de emoción anda por derroteros más abstractos.  Una vez tuve un sueño raro.  En él aparecía Tracyanne Campbell relatando las noticias con la melodía de Razzle Dazzle Rose y desperté con la almohada empapada en lágrimas.  Ahí queda mi reto.  Intenten superarlo.

31/05/2009 19:36 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

LA CUESTIÓN HUMANA

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La Cuestión Humana, dirigida por el francés Nicolas Klotz, es un drama sobre las relaciones personales y la siniestra conexión entre los procesos de selección de personal de las empresas y los regímenes fascistas del pasado.  La historia está narrada desde el punto de vista del psicólogo Simon Kessler (Mathieu Amalric) y cuenta con un encuadre y una iluminación muy cuidados.  Kessler es el psicólogo de una compañía petroquímica con un nuevo cometido: elaborar un informe sobre el director general, Mathias Jüst (interpretado por Michael Lonsdale) y cumplir así el encargo de otro de los directivos, quien sospecha que la salud mental de Jüst se deteriora por momentos.  Si alguna conclusión cabe extraer al respecto es que Lonsdale, pero también Kessler y el resto de personajes, están marcados por ese fragrante perjurio de su salud mental.  Desde químicos hasta ejecutivos, todos ellos encarnan al ser moldeado por el riguroso entorno corporativo de las multinacionales, que es de lo que va la peli más allá de conspiraciones industriales.  Para dejar patente el concepto, en un momento dado Kessler empieza a recibir unas intrigantes misivas con las que finalmente el espectador relaciona el trabajo de los departamentos de recursos humanos con el exterminio nazi.  En sus peculiares técnicas para llevar a los empleados al límite, el psicólogo Kessler organiza raves y juegos de rol con el fin de limpiar la estructura de la empresa de alcoholismo y absentismo, tratados aquí como estigmas inconvenientes.  Simon no queda fuera del juego y finalmente sus propias fórmulas se vuelven contra él, afectando a los escarceos que mantiene con algunas de sus compañeras y llevándole a cuestionarse la ética de su profesión.

 

La Cuestión Humana es sumamente lenta.  Algunas de las secuencias, como la impactante rave, se alargan hasta el letargo.  Por si fuera poco, el paisaje deshumanizado y aséptico en el que se mueven los personajes hace de esta suerte de thriller psicológico un film difícil de ver.  Mención aparte merece la música depresiva con la que se salpican muchas escenas.  Con esta cinta Klotz ha compuesto un pasaje psicodélico con el que acercar al público a la angustia y la incertidumbre experimentadas por los protagonistas. Bien interpretada, estupenda fotografía e iluminación y rodada con una deslumbrante originalidad a la hora de secuenciar el desarrollo de los hechos, definitivamente La Cuestión Humana invita a ver las dos anteriores entregas de la trilogía de los "tiempos modernos" dirigida por Klotz en los últimos años.

 

Pero por encima de los aspectos puramente cinematográficos se encuentra un planteamiento extremadamente tóxico.  Ese continuo paralelismo entre el nazismo y los procesos de selección de personal es tan certero como desgarrador.  Parece dedicado a todos los que fuimos desechados por distintas empresas sin llegar a conocer el porqué.  Yo, que sigo sin entender muchas de las preguntas de las entrevistas de trabajo, me pregunto dónde está el fondo de todas esas estrategias y hasta dónde llegará la actual tendencia corporativista en el seno de las oficinas.  Al final todo parece basado en la contienda de hacer del personal una masa eficaz con la vista puesta en el mismo objetivo.  Una masa que se mueve al unísono gracias a las actividades programadas fuera de horario laboral por el departamento de recursos humanos.  Cuanto más unido esté el personal de una compañía, más competitivo será, muy en la línea del no te muevas de la foto.  Se me ponen los pelos de punta.  Ya no basta con saber trabajar en equipo sino que ahora se busca personal con capacidad para autoconvencerse de que es el equipo el que por ciencia infusa conoce la solución.  Buscan un perfil reflexivo, pero fácilmente alienable.  La Cuestión Humana es la esperanza de que las estrategias del psicólogo de turno no siempre funcionen y el ejemplo de que a veces las partes se salen con la suya y no derivan en un todo falto de identidad.

11/04/2009 20:35 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Cine Hay 2 comentarios.


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