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EN EL ACANTILADO

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La inteligencia está pasada de moda.  La imaginación, la inocencia, son apéndices inservibles que con la llegada de la pubertad se vuelven infecciosos.  Una metástasis recorre entonces nuestro organismo y nuestras relaciones sociales eliminando cualquier célula díscola.  Un cáncer para matar los otros cánceres.  No hay lugar para las imágenes oníricas ni para las profundas fantasmagorías que nos aterrorizaron de críos.  Sobre las consecuencias de quien ose conservar su vena infantil pasada cierta edad no hace falta que os cuente nada.  No es necesario enumerar la retahíla de sevicias y calamidades que deberá soportar, y sin embargo la estulticia echa a correr por el pasillo de casa y de la oficina con una confianza fuera de lo común.

 

¿Por qué es necesario sacrificar nuestra imaginación para madurar? ¿No podemos crecer y al mismo tiempo vivir una mentira?  Viendo Ponyo en el acantilado he pensado por un momento que sí es posible.  Que las aflicciones de los adultos no son tan distintas a las de los niños.  El dolor es dolor, sin edades.  El amor es amor, desde que tenemos uso de razón.  La capacidad mental de los lúcidos genera tempestades, templa los mares más convulsos.  Y la historia de este anime ha sido ingeniada por el maestro Hayao Miyazaki, pero podría ser igualmente obra de un niño.  Si la imaginación da para tanto, no entiendo las razones por las que no la situamos a la cabeza de las virtudes humanas.  Valoramos la diligencia, el saber venderse, no hablemos ya de la estulticia, pero despreciamos el imaginario de los críos.

 

Los que ya no lo somos tanto y nos negamos a reconocerlo andamos cargados de resentimiento por culpa de la brecha vital que nos separa del resto.  No nos pillan el sentido del humor, nos toman por lunáticos, cuando en verdad los excéntricos casi siempre han sido más clarividentes que el resto.  Ahí están los surrealistas, Miyazaki y los innumerables genios que dieron con sus huesos en el manicomio.

 

En serio: necesitamos un cambio.  Que la imaginación, la muerte y los sentimientos extremos no sean en vano.  Coincidiendo con la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, propongo hacer de esos elementos un recurso energético.  En el caso de conseguirlo, serían recursos energéticos de primer orden.  Con los fantasmas que cabían en mi armario empotrado cuando era pequeño podría alimentar de combustible a toda la aviación militar norteamericana, podría iluminar las calles de Shanghái durante todas las noches de cuatro años seguidos.  Podría dotarme de máquinas, ideas y personal para hacer de este país un ejército de conversos, todo sin mayor artilugio que mis fantásticas elucubraciones.

 

La mente de un niño es capaz de eso y de mucho más.  En serio: dejad de subestimar a los niños en el colegio.  No les hagáis leer historias artificiales escritas con condescendencia, pues así no conseguís fomentar el hábito de la lectura, sino exterminar la inquietud literaria de aquel niño, uno entre cincuenta o cien, cuya inteligencia podría por sí sola regenerar la novela del siglo XXI. Le quita las ganas para seguir leyendo, como en definitiva hace todo el sistema educativo.  Sin ansias por aprender, las nuevas generaciones se moverán en esencia por los mismos convencionalismos que hoy son de sobra conocidos.  El dinero 1406y el sexo, las botellas de Santa Teresa.  Con un sistema que premiara la inventiva y permitiera desarrollar el potencial de los niños raritos probablemente tendríamos el doble de escritores, pintores y artistas en general.  La sociedad crecería en imaginario colectivo, quizás también en tolerancia y en un sinfín de valores que nos dejamos por el camino.  No menos importante: los raritos serían más felices, pasearían más por el prado y menos al borde del acantilado.

12/12/2009 19:48 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos No hay comentarios. Comentar.

PILARES 2009

Bueno, pues ahí se nos van otros Pilares, tan raudos como todos los que los precedieron.  Tan improductivos y banales como los que me quedan por vivir, que espero que sean muchos, los suficientes para saciar mi ansia etílica cuasi infinita y terminar por convertirme en un monigote insensible vestido de baturro.  Cada año, mi agenda de las Fiestas del Pilar cuenta con menos actos culturales.  En tiempos asistí a alguna que otra sesión del FIZ, así como a otros conciertos sumamente interesantes.  Pero esta edición no ha habido ni rastro de música.  Lo más valioso que he escuchado en estos nueve días de órdago ha sido el pop indie que es marca de la casa en La Lata de Bombillas, un bar del barrio que tenía abandonado desde hacía ya unos años.  Por lo demás, la discomóvil infame de Interpeñas es la que ha vuelto a ponerle banda sonora a estas fiestas.  Al menos esta vez la organización del recinto sí ha acertado en otros aspectos.  Un recinto más amplio y mejor distribuido, con dos salidas que evitaban el embotellamiento y el ‘sálvese quien pueda’ al que estábamos acostumbrados todos los briagos de las seis de la mañana.  Además, parece que la gente cada vez le pone más cabeza e intenta no salir en tropel.  TUZSA ha puesto de su parte con un servicio de buses cuanto menos correcto, por lo que no ha habido que lamentar actos de vandalismo ni motines de borrachos enfurecidos.  Da la impresión que las fiestas de La Gran Ciudad se están haciendo a la horma de una gran ciudad, y se agradece. 

 

En cuanto a las alternativas culturales, no negaremos que siguen estando ahí, abanderadas por el FIZ y con varias sesiones interesantes de DJs como alternativa constante, pero en Pilares lo único que se lleva el gato al agua es el petardeo.  Lo dice un diletante que se hace pajas mentales con la idea de pasarse de tanto en cuanto por el Brit.  El ímpetu del vulgo por no perderse del mogollón lastran la asistencia a dichos actos.  Y yo que me subo al carro con tal de no alejarme de mis queridísimos amigos.  En Pilares de 2009 no he ido ni a ver a la Virgen, no he visto los fuegos artificiales ni una sola vez.  Ni siquiera bajé a ver el espectáculo de luz y color del Parque Grande.  Estos Pilares he sido más perro que nunca.  Borrachera y fluidos.  Porque estas fiestas, en definitiva, se reducen a un festejo de los fluidos corporales.  De las babas y los gargajos que a día de hoy sigo escupiendo con tos estentórea, de los vómitos, de los orines que inundan las calles adyacentes al Paseo Independencia, de los mocos, del semen de algún que otro afortunado y de la sangre.  Todos ellos, por supuesto, diluidos en una marea embriagadora de alcoholes variados.  El cierzo se encarga de arrastrar este vertido innoble hasta el último callejón de la ciudad, y como resultado Zaragoza huele a putrefacto durante una semana de sordidez.  Los restos del botellón terminan por adornar el paisaje, cubriendo las aceras con un pringue que, si no fuera por la laboriosa dedicación de mi madre, aún impregnaría mis ahora impolutas zapatillas blancas.

 

Ya me olvido de hacer algo de provecho durante estos días de octubre.  El gustazo está en mearse frente a las casas de los ricos y en beber en medio de la calzada.  Para enriquecimiento cultural y festivales de música espero reservarme otros momentos del año.  Zaragoza podrá crecer hasta cifras insospechadas, pero sus fiestas seguirán siendo en esencia pueblerinas, porque somos así de simples.  Ojalá mantengamos de por vida esta concesión a la juerga, este subterfugio social para beber hasta el hartazgo y maldecir el clima intempestivo de la Ciudad del Viento.  Podré reprochar a mis amigos una y otra vez y cuantas veces quiera la falta de interés y las insanas consecuencias de nuestras costumbres beodas, pero en el momento de la catarsis, al dar por concluida la última noche de las fiestas, sé que voy a volver a casa apesadumbrado, casi deprimido por el fin del desenfreno pilarista.  Este año no he salido todo lo que habría deseado, y se me ha quedado un resquemor del que pretendo desprenderme en la próxima juerga, pero Pilares 2009 aprueban con nota y destacan por multitudinarias.  Nunca, en mis más de 20 años de vana existencia, había visto bajando por Independencia tanta gente nueva expectante por gozar de los festejos de la Inmortal.

22/10/2009 11:35 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos Hay 3 comentarios.

CREERSE EL PERSONAJE

En una escena de American Beauty el vecino intrigante le decía a la adolescente desquiciada: "Nunca niegues el poder de la negación".  Gracias a la negación aquel personaje se defendía del autoritarismo de su padre de igual modo que muchos de nosotros nos defendemos de esta sociedad caníbal.  La mentira, y por tanto la negación, está mal vista por la sociedad.  No disfruta de la aceptación que bien se merece por las mejoras que consigue.  Exigimos sinceridad a la gente que nos rodea, pero sin mentiras piadosas esas mismas personas nos resultarían tan antipáticas que no podríamos soportarlas.  El valor de la sinceridad radica en su equilibrio justo con la falsedad, y fuera de ese equilibrio el mundo sería un lugar bastante más desagradable en el que vivir. 

 

En el colegio de primaria había alguna que otra profesora bienintencionada que, ante la picaresca de los alumnos, nos respondía que cuando uno miente en realidad se está engañando a sí mismo.  Primera mentira.  Eso solo les sucede a aquellos que, de lo inútiles que son, no se saben ni gobernar la cabeza.  El resto, los que vamos bien de masa gris, podemos permitirnos el lujo de mentir a profesoras, madres, novias y a todo el que se nos ponga a tiro.  Eso no me va a hacer olvidar quién soy, un individuo encorvado y esquivo, cano e incapacitado socialmente que muchas veces necesita recurrir a la estulticia popular para echar unas risas.  Soy un superviviente de mí mismo.  En mis entrañas albergo la suficiente morralla como para ahogarme con el hedor de los sentimientos más despreciables.  Y aún hay gente que pretende que sea sincero.  Si no fuera por mis magistrales aptitudes para el engaño, sencillamente, me moriría de aburrimiento.  Sé tú mismo, te aconsejan, y creo entender lo que quieren decir con ello.  Pero además de aburrido, en mi caso ‘ser yo mismo' es autodestructivo.  El hecho de que me pase el día dramatizando no me aleja de mi identidad confusa.  Cuando más soy yo, es cuando más os estafo.  ¿Me convierte eso en una estafa?  Probablemente, pero cuánto me divierto.  Mi goce está en tomármelo todo a cachondeo, y que yo sepa eso todavía no es ningún delito.

 

Ya os he mostrado mis emociones putrefactas.  ¿De verdad queréis que sea yo mismo?  La mentira hace que los conformistas no tengan que aguantar a los inconformistas, que las novias posesivas no pierdan a sus novios calzonazos, que los puros de corazón no hieran los sentimientos de los débiles de espíritu.  En mi caso, si siempre dijera la verdad y me mostrara tal cual soy la gente me rechazaría, y de rechazo ya ando servido.  Por eso prefiero jugar a ser actor y encarnarme en los múltiples personajes que dan la cara por mí en la calle.  Dadas mis nulas aptitudes para relacionarme, suelo memorizar conversaciones recurrentes y comentarios incisivos que me reservo para cuando me cruce con según qué personas.  Tengo una retahíla de frases hechas a las que aferrarme para salir airoso de encontronazos inesperados.  La gente es tan previsible que puedo imaginar qué me irán a preguntar y memorizar mis respuestas en base a esos pronósticos.  ¿Que qué voy a hacer con mi vida el año que viene?  Pues depende de qué personaje me toque hoy, si el vitalista o el suicida.

 

Reivindico la farsa como arma con la que defenderse.  Puede que no esté socialmente aceptada, como muchas drogas, pero la farsa, también como muchas drogas, se mueve por el mundo sin cortapisa alguna.  La historia está llena de personajes que se erigieron a sí mismos, de farsantes que levantaron imperios a base de verborrea e inventiva.  Por ejemplo, si Napoleón no se hubiera creído su propio personaje nunca habría llegado a emperador.  Siempre me han fascinado las personas que hicieron de la condición de farsantes su modo de vida.  Para huir de la Justicia internacional, Radovan Karadzic tuvo que esconderse bajo la piel de un reputado experto en medicina alternativa, haciéndose llamar Dragan David Dabic y luciendo una poblada barba desde el fin de la guerra de Bosnia.  El antaño presidente de la República Srpska utilizó sus conocimientos de psiquiatría para presentarse ante cientos de personas como un auténtico experto en energía humana cuántica, sea lo que sea aquello, con la que aseguraba poder curar los desórdenes mentales y la disfunción eréctil.  Durante gran parte de su larga desaparición permaneció en Belgrado y continuó publicando libros de poesía.  Dabic asistía a actos multitudinarios en los que se hacía cola por saludarle, tenía su propia página en Internet y era un individuo muy respetado dentro de su círculo especializado.

 

Hay quien dice que logró evitar su detención en Viena cuando la Policía le pidió que se identificara en el marco de una investigación por un caso de homicidio.  La tranquilidad que demostró y su disposición a responder a las preguntas hizo que los agentes no se molestaran en comprobar su verdadera identidad ni en tomarle muestra de las huellas dactilares.  Radovan Karadzic, el hombre que dirigió el asedio de Sarajevo y ordenó la masacre de Srebrenica, se había creído su propio personaje.  Finalmente, el 21 de julio de 2008 los servicios secretos serbios lo detuvieron en un autobús cerca de Belgrado.  Cuando ahora leo sus declaraciones ante el Tribunal de La Haya creo que se está reencarnando en otro ser, en un pobre ex gobernador regional que lo dio todo por su pueblo y al que los espías norteamericanos le jugaron una mala pasada para intentar cubrirse las espaldas.  Ahora me da pavor pensar bajo qué identidad andará oculto Ratko Mladic.  Probablemente sea un campesino de la Hungría rural, conocido entre sus conciudadanos por la deliciosa leche de sus vacas.

 

De acuerdo: la mentira puede estar al servicio de lo peor, pero insisto en que hace de la Tierra un planeta más habitable.  A base de artificio y fachada la vida es muy fácil de controlar.  No hace mucho que un amigo mío, en una de esas conversaciones previas a una juerga, dijo que para convertirse en un ligón primero hay que creérselo.  Desde el ligón engreído que las trae a todas de calle hasta el emperador de Francia; todos se han metido en el papel antes de preguntarse si estaban siendo ellos mismos.  Si incluso la historia nos enseña a mentir, qué se interpone entre nosotros y las campañas personales de mercadotecnia.

 

La clave del triunfo está en saber venderse, en hacerse publicidad, y la publicidad sin engaño todavía está por descubrir.  Quienes pretendan en todo momento ser ellos mismos se negarán a forzar una sonrisa en las entrevistas de trabajo y nunca estarán dispuestos a regalar elogios inmerecidos.  Resulta admirable, y yo por un tiempo pensé que podía vivirse de esa forma, pero lo cierto es que la gente así está condenada a quedar como unos excéntricos a ojos de los demás.  Como en todo, en el punto medio está la virtud.  Entre ser uno mismo y defraudarse a uno mismo existe un instrumento que nos salva de la quema: la hipocresía.  Lamentablemente yo no soy ningún virtuoso, sino todo lo contrario.  Soy un apasionado del artificio.  Me encanta mentir y el engaño.  Sin que sirva de precedente, haré aquí una revelación introspectiva sobre mi personalidad: yo nací para ser actor.  Con esto no quiero decir que tomé el rumbo equivocado al enterrarme en la facultad del Ahogamiento Estimulado y convertirme en un juntapalabras de mierda.  Yo llevo la profesión de actor por dentro, y la despliego allí donde se proyecte mi sombra.  Miento como un bellaco pero miento a gusto.  Digamos que por un lado están los que utilizan la hipocresía como herramienta práctica del día a día, y por otro los que desarrollamos la mentira hasta niveles vergonzosos.  Siento lástima por todos los que desconocen este placer inefable, pero quizá sea mejor así.  La atmósfera ya es bastante irrespirable, y con más tipejos como yo por ahí sueltos el mundo sería un lugar horrible.  El engaño excesivo que profeso es casi tan inconveniente como la sinceridad más depurada, y me temo que esta pasión no tiene cura, que me arrastrará hasta hacer de Fenris un monigote, una víctima de su propio papel de lobo estepario.

 

Soy un intérprete de las secuencias que acontecen en mi vida.  Lamentablemente suelen tocarme papeles secundarios y todavía no he podido explotar mis dotes para el drama, pero tengo paciencia.  Por delante de mí diviso muchos entornos en los que todavía puedo triunfar.  Me veo buscando trabajo en Londres con cara de desconcierto a lo Ewan McGregor, reprendiendo a amigos con la mirada altiva del gran Eusebio Poncela, matándolas callando con los ojos desdeñosos de Marlon Brando.  Es bastante probable que dentro de poco me den un nuevo papel.  Si definitivamente lo acepto, me tocará interpretar a un puntillo de una oficina cualquiera.  Recién llegado a la compañía y por tanto mal pagado.  Iría a las cenas de empresa, donde fingiría sentir interés por temas manidos y atracción por mujeres insultantemente petardas.  Nadie me arrebataría mi legítimo sueño de comprarme un Golf GTI.  Para entonces ya habría dejado tiempo ha de escribir frases estúpidas en papeles redoblados, con lo que solo deberé preocuparme de lo estrictamente esencial: coche, trabajo, maniquíes parlantes y best sellers infumables.  Próximamente en su ciudad.  Cuando baje el telón correré a servirme un ron con cola con el que dar carta de libertad a mi risa nerviosa, que sé que es uno de esos incontables detalles que nunca me abandonarán por muchos escenarios que pise.  Al fin y al cabo, no olvidéis que solamente se tratará de un papel.  En el fondo seguiré siendo Fenrisolo, ya se sabe, el cano e incapacitado socialmente que no tiene bastante con su propia tragedia y ha de inventarse vidas paralelas.

06/09/2009 18:09 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos No hay comentarios. Comentar.

VERANO FENRIS

Al fin, llegaron las vacaciones.  Y llegan más delimitadas que nunca, en un formato tan reducido que no invita a sentarse en el parque a contemplar cómo el verano de la Gran Ciudad deshidrata a todos los seres que la habitan.  Este año las cosas son distintas.  Trabajo en la otra ciudad, la del aire enrarecido, donde los bares se han vaciado de estudiantes y el tráfico nos ha dado un respiro a los que vamos "andandito" al trabajo.  Más solo que acompañado, encuentro que tengo todo el tiempo libre que había anhelado meses atrás.  Tiempo para machacarme con pesas y flexiones, para dormir mal, comer en condiciones... Con tamañas banalidades se cruza el verano por delante de mis ojos, sin que me dé tiempo a reaccionar y subirme en marcha al último vagón.  Los pocos momentos en que me veo sin ocupación (y qué inútil me siento entonces), basta con que mire por la ventana.  Esta ciudad se asienta sobre leves colinas, lo cual hace las calles inclinadas y que unas zonas estén más elevadas que otras.  Así, desde mi octavo piso contemplo un fragmento caótico de barrio popular y al fondo los grandes rascacielos.  Cientos de miles de almas sobreviven a los pies de mi ventana, y cuando vuelva de mis vacaciones pienso escribir las vidas de todas.  Ya he empezado con algunas de ellas.  Un homosexual oriundo de Teruel reconcomido por los excesos; un joven experto en política soviética del CSIC; su mujer, una materialista capaz de vender a su madre por unos zapatos de Prada; su jefe, un sinólogo alcohólico; y la hija de éste, una chavala de rizos cardados adicta a las metanfetaminas.  Todavía me quedan unas cuantas vidas por relatar, pero si en agosto tengo las mismas ganas de estudiar que en julio creo que para octubre habré acabado, si bien para ello tendré que sacrificar los exámenes de septiembre.

 

Aunque este año solo disponga de dos semanas de vacaciones, no echo en falta aquellos veranos tediosos con tres meses eternos ante mí, esos que acabaron cuando muchos de mis colegas aún no sabían conjugar el verbo trabajar.  Soy un privilegiado.  En los veranos de mi infancia siempre iba a la playa, a Salou, mientras que todavía hay un alto porcentaje de familias españolas que no pueden permitirse salir de casa.  Sin embargo, he vivido rodeado de compañeros de clase que visitaron Disneyland París y se conocían los Pirineos como la palma de su mano.  Nunca he cogido unos esquís, no tengo amigos en el pueblo, pero ahora sé valorar los días de asueto más que nadie.  Con los años comencé a pasar las tórridas jornadas de julio y agosto trabajando en un invernadero.  Limpiar la borraja putrefacta de los surcos y cargar quinientos kilos diarios de la susodicha en la furgoneta de mi padre me dieron una nueva e interesante perspectiva de la vida.  Y es que a la altura de la tierra quemada las cosas se ven muy distintas.  Por eso, estoy acostumbrado a pegarme madrugones en verano, a recorrer la ciudad hasta su más recóndito suburbio y a pasar el calor y la humedad que solo puede sentirse dentro de un invernadero en pleno agosto.  No me quejo, si acaso me quejo de otras cosas relacionadas con las vacaciones, pero creo que no hay mayor desagrado que el de no tener nada que hacer. 

 

Paradójicamente, estas dos semanas voy a disfrutarlas más que ningunas otras vacaciones de antaño.  Hasta el año pasado siempre me faltaba tiempo o dinero, cuando no las dos cosas, y a veces mis vacaciones comenzaban cuando las del resto terminaban.  Por una vez, ambos elementos han llegado a una tregua y se han comprometido a permitirme hacer algunos planes.  Además, estas dos semanas vienen remuneradas, respaldadas por el trabajo bien hecho y la impresión de que son un merecido descanso, por eso no me causa ningún remordimiento gastarme todos mis ahorros en una única jugada.

 

Dentro de unas horas me marcho a Escandinavia.  Será por unos días, pero no quiero engañarme a mí mismo.  En el fondo de mi ser sé que en realidad es una nueva expedición a los horizontes que quiero cruzar cuando me vea más liberado por los estudios y la profesión.  Voy a atravesar Francia y Alemania enteras para llegar a Copenhague.  Veré el museo de Munch, visitaré lo que haya que visitar en Estocolmo, sentiré frío en pleno verano, arrastraré mi macuto, mi desgana y mi cara de pocos amigos por calles con nombres impronunciables, comprobaré si, tal como dicen, los morenos somos una especie extraña (y codiciada) en aquellas gélidas tierras.  En cuanto me suba al primer tren comenzaré a sentir vértigo.  El vértigo de temer que quizás me guste demasiado y no quiera volver.  Quizá el territorio Fenris continúe allí donde nació.  No sería tan raro, puesto que Fenris el lobo es un personaje de la mitología escandinava.  Puede que, en caso de ser así, descubra que soy un animal de sangre fría con gusto por los días y las noches que se prolongan durante meses.  Es posible que este viaje me cambie para siempre, o puede que solo sea una experiencia veraniega más. Como un fin de semana de borrachera en Salou, podría acabar siendo pasto de las llamas en mi memoria. 

 

Lo único cierto es que tengo un concepto bastante especialito, tan especial como lo soy yo, de las vacaciones.  Y sin ánimo de tomarme por una maravilla de la creación concluiré que esto es algo que me da una clara ventaja.  Sé trabajar sin cobrar, madrugar en verano para deshidratarme en un invernadero, aguantar un día tras otro sin más conversación que la que me dé la cajera del Caprabo... y cuando se me brinda la oportunidad agarro mis cuatro bártulos para volver a acercarme una vez más a latitudes desconocidas.  Lo dicho, no sé si volveré algún día.  Si en agosto no me veis por ninguna parte no hace falta que llaméis a la Policía.  Seguramente estaré saltando de fiordo en fiordo, mientras narro para mis adentros las trayectorias estrelladas de cientos de miles de almas.

28/07/2009 10:46 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos No hay comentarios. Comentar.

EL MUNDO IMPLACABLE (II): CÓMO SE HACE UN MITO

La creación de un mito es tan fascinante como su propio resultado.  Los procedimientos mediante los cuales se da lugar a los mismos son una muestra de cómo funcionan los medios, de cómo nos apresan entre sus fauces de lobo poseído.  Solo los media son capaces de hacer que tal persona o tal otra encarnen unos valores determinados.  Así, se disfrazan de revolucionarios (Che) o de depresivos (Kurt) según les convenga en cada momento, sin importarles nada sobre las revoluciones ni las últimas oleadas de suicidios colectivos.  Detrás de todo esto hay intereses mucho más importantes.  Allá cada cual con su idiosincrasia, que los medios seguirán explotando distintos perfiles para incrementar sus activos y mantenerse en la brecha.  Los juegos de la publicidad tienen mucho que ver en esto, pues dieron el ejemplo al mundo del espectáculo con la creación de las marcas y la imagen corporativa.  Cuando esas marcas trascienden lo estrictamente material y vierten sus valores de mercadillo en una persona en concreto se deshumaniza el concepto hasta ahora visto de corporativismo.  Paradójicamente, la industria pierde la poca humanidad que le quedaba y empieza a dotar al individuo de poderes sobrenaturales, a saber, el de concentrar en su persona una imagen que quizás él nunca habría elegido (o quizás sí).  No hay nada más inocente que creer que una botella de ron enciende la noche, pero no me trago que alguien sea mecenas de nada, más allá de para su parroquia de devotos seguidores.  A base de reiteración, los media consiguen que los mitos crezcan, se hagan grandes como mil atmósferas, pero para ello deberán cumplir una serie de condiciones que bien valen billones de dólares en publicidad.  Sobre esas condiciones no sé nada, que no soy publicista (ni ganas), aunque reconozco algunas pautas básicas en el auge y declive de los mitos contemporáneos.

 

Un mito debe ser conocido por todo el mundo.  Quien no conozca al mito será un individuo siniestro, casi fuera de la civilización de turno.  Más aún, los integrantes reconocidos por sus respectivos círculos sociales serán perfectamente conscientes de los pormenores de sus mitos, con lo que dispondrán de interesantes conversaciones con las que abrirse paso entre las multitudes.  Pero no hay nada más ‘in’ que tocar y hablar con uno de esos dioses mediáticos, tarea casi imposible para la mayoría de los mortales.  Yo estuve cerca del mito.  Una vez de crío volvía en el autobús escolar a casa, cuando al otro lado del cristal vi una algarabía de gente en la entrada al hospital y un Rolls-Royce blanco impoluto aparcado justo enfrente.  Como yo, otros recuerdan acontecimientos igualmente reveladores sobre la capacidad de congregación de la mitología comercial y su imagen de salvadora de almas.

 

Un mito es eterno.  Quiero decir, ha de durar tanto como duran las modas y sus numerosos revival en décadas posteriores, lo suficiente para que las masas los tomen por seres inmortales. Los mitos nacen en los media y sobreviven a las personas de las que partieron en primera instancia porque la industria cultural se las ha arreglado para que la imagen trascienda al individuo.  John Lennon está muerto, pero sale casi tanto en televisión como cuando seguía vivito y coleando.  Dicen los que entienden de poesía que el lorquismo ha acabado con Lorca, y por ahí van los tiros en cuanto a mitos se refiere.  La leyenda atraviesa al individuo y a veces, lejos de honrar su obra, hace de él un monigote inerte. 

 

El potencial de una fábrica de mitos solo es comparable con el de las fábricas propagandísticas más señeras, esas que viven de rumores y de mala prensa.  A veces el amarillismo es tan atroz que vence al mito, y es entonces cuando los medios venden bajezas morales, debilidades con las drogas, pederastias y crisis de personalidad.  Sin embargo, la industria del morbo y la de la mitología suelen comulgar en sus intereses, y por encima de todo hay un acontecimiento en el que coinciden más que nunca: la muerte.  La muerte de un mito viene bien tanto a sus creadores como a los medios, que llenan hojas y telediarios con el suceso.  Las personas que ostentan el título de mito, muchas veces perjudicados por las mil atmósferas que pesan sobre sus hombros, tienen cierta propensión a morir de forma prematura y escabrosa.  Más hojas, más telediarios, más leyenda para quienes un día se despertaron siendo esclavos de sus propio destino mitológico.  Lo que hoy nos queda es una fila de cadáveres dulces y un suculento pastel: herencias, imagen de marca y (no menos importante) derechos de autor.

 

Las personas mueren, los mitos sobreviven.  Por eso no ha muerto ningún mito, sino un individuo reducido.  Y me apena antes que nada que las personas más famosas del mundo mueran en estas circunstancias: aplastadas por su propio mito.  La autopsia y las pesquisas policiales no servirán para revelar quién se encontraba tras uno de los ídolos de nuestra sociedad occidental, poniendo de manifiesto una vez más que el mundo implacable no entiende de seres, sino de productos, sean estos objetos o valores supremos.  Y yo que sigo siendo un iluso me pregunto si no será posible proteger a las personas del azote de los media, que seamos tal y como somos sin etiquetas ni leyendas.  ¿Puede el mundo implacable dejar de convertir a personas en figuras de marfil?

30/06/2009 22:55 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos No hay comentarios. Comentar.

EL MUNDO IMPLACABLE (I)

La implacabilidad del mundo viene representada por un gran muro blanco de hormigón contra el que se estampan los sueños del hombre.  La estación intermodal de Delicias salpicada por manchas de sangre, vísceras y tragedias personales del más variado signo.  Así me imagino el juego de mercadeo infame al que nos tienen sometidos los medios de comunicación, con la televisión por delante.  Las estrategias del gabinete de comunicación, la redacción de informativos y la agencia de publicidad de turno influyen en nuestras anodinas vidas hasta el punto de moldear nuestros gustos y aspiraciones personales en beneficio de las grandes corporaciones, que son en definitiva las que parten el bacalao antes que nuestros amortajados gobiernos. 

 

No me estoy inventando nada, solo me hago eco de la clásica teoría crítica sobre la Sociedad de la Información.  Si hay algo que recuerdo después de cinco años de carrera es que los anuncios de la tele generan frustración a quien los ve.  Desde el momento en que escuché esta premisa entiendo mejor la moda de mis compañeras de clase y no me quedo boquiabierto cuando entro en el Bershka y veo una algarabía de chavalas con el ritmo cardiaco acelerado.  Gracias a Network nos hicimos una idea de cómo se sembró esa semilla de indecencia en los medios que llevó a la pérdida de la responsabilidad informativa en pro de los intereses económicos, pero no hay que hurgar demasiado en la herida para descubrir que las consecuencias de dicha estafa son un pozo sin fondo.  Trascienden el ámbito meramente informativo para controlar la vida del individuo de a pie.

 

La moda se nos manifiesta en la televisión junto con las tendencias en tecnología y el ímpetu por comprarse un carrazo.  La oferta de consumo es mayor que nunca, pero con unos aguerridos publicistas diciéndonos qué es lo que tenemos que comprar resulta harto difícil mantener al margen nuestra libertad para decidir.  Concentrarse en qué necesitamos realmente es una tarea solo apta para personas íntegras.  Los demás, los débiles de espíritu, seguiremos perdiendo la cabeza por anhelos adquiridos de forma artificial.  Para algunos serán las Ray-Ban Way Farer y para otros el Golf GTI, pero hay un tema capital que nos quita el sueño a todos por igual y en el que verdaderamente nos tienen cogidos por las pelotas: el sexo.  Será por exceso de porno o de cachondas en televisión que ya perdimos la noción de lo que es el sexo.  En lo que a mí respecta, el sexo es un par de tías peleando en ropa interior, el glam de Lady Gaga y poco más.  El sentimiento de frustración crece por momentos.  Y ojalá todo se quedara en esto, pero lamentablemente los medios también nos aportan una imagen distorsionada de las relaciones sentimentales -ahí están las series españolas, los videoclips del mainstream...-.  Para sobrevivir a la ofensiva mediática se me ocurre que tenemos que ejercer de espectadores responsables, aunque también podríamos guardar el televisor debajo del fregadero y sacarlo solo de tanto en cuando.  A pesar de la envestida implacable del colapso (1,2) que acometen los media creo que todavía tenemos la capacidad de reaccionar y dosificar en la medida de lo posible nuestra exposición a las luces y colores de la publicidad.  El hombre es un ser de sueños inocentes al tiempo que embriagadores y emotivos; los intereses del mercadeo nada tienen que ver con ello.  Conservad nuestros sueños en frascos de formol.  Hasta la fecha creo que pocos lo han conseguido, por eso no me cuesta imaginar la fachada impoluta de la estación de Delicias manchada con colores aún por descubrir.

21/06/2009 01:48 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos Hay 2 comentarios.

SERES ESPECIALES

En esta vida hay dos tipos de personas: las que saben vivir a gusto y las que no.  Las primeras, que son mayoría, se caracterizan por crear una serie de condiciones óptimas para su estado de bienestar.  No reparan en gastos ni disputas con su conciencia; todo aquello que sirva a la causa del progreso será lo apropiado.  Con un planteamiento tan tajante es envidiablemente fácil saber cómo actuar.  Habiendo minado la incertidumbre ya no queda más que seguir el orden lógico de la vida.  Un camino que empieza con la infancia -feliz-, la educación obligatoria, la pubertad, escarceos amorosos y vandalismo juvenil; juegos con el alcohol y demás drogas duras; más adelante llega la madurez y con ella la formación especializada, la elección de un empleo y una pareja, un barrio, un centro comercial, el número de hijos a concebir, etc.  Dicho así de corrido apabulla bastante, pero la masa de hacedores recorre esta senda sin titubeos ni extravíos.  Persiguen estos retos como si sufrieran una suerte de tortícolis que les impide girar la cabeza y mirar atrás para dudar, reflexionar sobre si en verdad escogieron la dirección correcta.  Estos seres son fácilmente identificables, más si tenemos en cuenta que representan el 99,8 por ciento de la población mundial.  Pero es que además se les nota en la pose, en la forma decidida de andar.  A veces da la impresión de que detrás de sí llevan un confortable colchón al que tirarse cuando se meten la hostia.  No dudan, piensan en positivo, producen por el bien común y resultan al trato amables, cuando no encantadores. 

 

Si no fuera porque no pertenezco a ellos, sino a los impiadosos seres del disgusto, me sentiría muy orgulloso de que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta sean de esta forma.  Lamentablemente no es así: la jodimos viva, he de pensar más de la cuenta y no tengo un colchón persiguiéndome por detrás.  Me cuesta dar un paso después de otro, dudo sobre hacia dónde dirigirme porque sé que a mí las hostias me van a doler.  Las personas como yo no sabemos vivir a gusto, por ello nos llaman inconformistas, desquiciados, neuróticos, locos, antisociales y otras cosas que dirán a nuestras espaldas y de las que es mejor no enterarse.  Todos estos calificativos se inventaron a propósito para colocarlos antes y después de nuestros nombres, y con toda certeza si no hubiera seres del disgusto apenas si habría locos y paranoicos.  Reunimos las características de un proscrito social al que no le satisfacen los placeres mundanos.  A los normalitos les encanta el deporte y los parques de atracciones, que no son más que simulacros de la guerra, pero un ser del disgusto rara vez se subirá a una montaña rusa o participará en una pachanga de fútbol.  Para nosotros no hay ningún atractivo en despertar nuestro sistema simpático con descargas controladas de adrenalina porque vivimos en un constante fragor neuronal.  Las emociones fuertes pueden fulminarnos y no nos tragamos esos divertimentos.  No queremos jugar a la guerra, si acaso, preferimos ver la guerra de verdad.  Más ejemplos: el consumo.  Los hacedores compran sin parar, desde el mismo momento en que reciben su primera propina comienzan a apropiarse de bienes que les hacen sentir más felices y mejoran su calidad de vida.  A estas alturas muchos en mi edad ya tienen carrazo y el iPod Nano, pero los seres siniestros como servidor todavía nos planteamos si nuestro mp3 de 256 megabytes necesita unos auriculares nuevos.  Si nos comprásemos la PSP la cosa no iba a cambiar demasiado, pues los bienes materiales nunca nos quitaron la sensación de insatisfacción ni sirvieron para resarcirnos de los fracasos amorosos.  Así es como lo veo ahora que aún soy joven, pero en cuanto la peña a mi alrededor empiece a pagar hipotecas (casa en los Pirineos, casa en la playa) y yo me vea discutiendo conmigo mismo sobre si comprarme un coche de tercera mano, el abismo va a ser todavía más profundo.  Con la carrera profesional sucede parecido.  Los pragmáticos optan por empleos bien remunerados, cualificación baja-media y siempre cerca del hogar para seguir yendo a comer a casa de los padres los domingos.  Los agonías como yo volamos del nido años antes y pasamos por innumerables oficinas y ciudades persiguiendo nuestra vocación para terminar cobrando una basura.

 

Pero no hay estrategia más certera para comprobar si se pertenece a la esfera del disgusto que la de reflejarse en la parrilla de la televisión.  El responsable del departamento de contenido de una cadena, sea esta generalista o temática, es un experto en identificar clientelas y grupos sociales, le va en el oficio.  Él es quien sabe clasificar a la masa por rango de edad, género, intereses... y elegir una programación acorde a ello.  Las series son producto de esa concienzuda criba cuyo único fin es crear un público específico que resulte atractivo para los anunciantes.  Pues bien, si en el creciente número de canales de TDT no encuentras un espacio que te atraiga, tienes todas las papeletas para ser un especialito y encarnar un perfil que, por minoritario y disperso, no merece la atención de programadores ni anunciantes.  Hemos de buscar el ocio y los productos de consumo en general con lupa, y hasta Internet parece ir más lento para nosotros, que buscamos películas raras y discos de casi nula distribución.

 

Sin ánimo de tenerse por alguien especial, no me queda más remedio que declarar que somos especiales.  Reconocerlo está solo al alcance de los modestos, de los especiales de verdad, porque los hedonistas ven esta peculiaridad como una condición de bohemios iluminados.  Ser especial no es divertido.  La masa nos identifica y aparta con técnicas sectarias.  Lo único bueno de ser especial es poder burlarse de todos aquellos normales que algún día se afanaron en ser como nosotros, pensando erróneamente que hay algo de elegante en ser diferente.  Quien es normalito morirá siéndolo y los pocos que estamos fuera de la foto moriremos tragando barro.  Cualquier intento de cambiar esto no dará resultado porque la manía de cuestionárselo todo y el ansia esquizofrénica de poner el cosmos patas arriba son cualidades innatas.  La inquietud ni se compra ni se gana con el tiempo, al igual que los pensamientos obsesivos, el talento, la imaginación y el resto de recursos para hundirse uno y no levantar cabeza.  Muchos de aquellos que viven a gusto hablan de estos atributos con admiración, pero ni se imaginan la de botellas de ron que giran por mi cabeza o lo roja que se me llega a poner la piel de todo el cuerpo cuando más especialito me siento.  Entre los normales también los hay que más que admiración nos tienen envidia y la manifiestan con una actitud cáustica e hiriente.  Tanto unos como otros me vienen al pairo.  A veces, por cierto, son la misma persona, solo que cambia de actitud según cómo tenga el día.

 

Los que a mí me joden son los que no te dejan vivir ni a gusto ni a disgusto, los intolerantes a los que las cucarachas alternativas como yo les estropean el paisaje.  El peligro de este escuadrón fascistoide radica en su capacidad para pasar desapercibido.  Se adaptan con sigilo a esta sociedad tan encantadora, desde donde se las ingenian para ponernos la zancadilla, castigarnos con marginación (que es un mecanismo de tortura despiadado) y, en definitiva, condenarnos a padecer un auténtico sin vivir.  Para ello nos señalan con el dedo y nos engloban bajo el nombre de ‘alternativos’.  Los regímenes fascistas siempre han utilizado el idioma como instrumento represor.  Alternativos.  Para mí los alternativos son ellos, de lo puro prosaicos y simples que pueden llegar a resultar.  Es imposible librarse de estos fantoches, ellos que están por todas partes y que parecen contar con unos viscosos tentáculos receptores con los que retener a su presa.  Porque si hay algo que les caracteriza, esto es sin duda su formidable ubicuidad.

 

Los normalitos, sean de la rama fascistoide o de la convencional, son omnipresentes.  Se encuentran en todos los rincones del globo y no hacen más que proliferar mientras la población de especialitos retrocede o cuanto menos se queda estancada. Es aquí donde definitivamente debemos concluir que nos están ganando terreno.  A base de reproducción y gracias a su política de espiral del silencio en la industria cultural se han hecho con el poder del planeta y ahora amenazan con darle el toque de gracia al disgusto.  Es una sencilla cuestión genética, pues ellos se casan más y tienen más hijos al tiempo que nosotros mantenemos nuestro individualismo y desinterés por el matrimonio intactos.  Además, en esta angustiosa esfera los casos de suicidio y drogadicción se multiplican.  Aquí no es tan extraño que alguien muera de coma etílico o se arroje a la vía del tren al no superar ese estigma que nos han grabado a fuego en la frente.  Nos están diezmando; genéticamente, pero se trata de un exterminio al fin y al cabo.  Perseguidos pero no reconocidos.  Los seres especiales sufrimos esta lacra de doble filo.  Debería sulfurarme, pero por muy caliente que tenga la sangre parece que no es suficiente para caer en el terrorismo nihilista o acabar nadando en vino.  Me gusta martirizarme con el rollo de ser diferente y estoy dispuesto a aceptarlo.  Al fin y al cabo todo se resuelve con dinero.

 

No me parece descabellada la idea de que nosotros, como muchos otros colectivos amenazados, tengamos derecho a cobrar una indemnización, una ayuda económica que nos salve del ‘handicap’ de ser distinto y nos permita soñar con nuestra equiparación con el resto de la sociedad.  No tendría por qué suponer un gasto excesivo para el fisco, sino unos pocos cientos de euros mensuales y la concesión de que tenemos el derecho a existir y a realizarnos personalmente como los individuos amables que salpican las aceras.  En caso de cobrar esa subvención podría dedicarme a mi oficio sin pasar apuros y contrataría una conexión a Internet más rápida con la que cultivarme libremente.  Otros en una situación más complicada que la mía podrían costearse además los tratamientos psiquiátricos.  Si es preciso, que destinen a un funcionario al manicomio y se ponga a repartir cheques.  Así saldaríamos la deuda con los perturbados del mismo modo que con los discapacitados a través de la Ley de Dependencia, que no tiene garantizada su financiación, pero que ha servido para reconocer de una vez por todas la necesidad de atender a una parte importante de la población.  No pido por vicio, la sociedad ganaría en heterogeneidad si finalmente los raros sobrevivimos a la extinción que cada vez más se adivina como inevitable.  Ganaría en color y en animales cinegéticos a los que cortarles la cabeza.

 

Por considerarme especial me tachan de engreído y no me ha quedado más remedio que convivir con el riesgo de que me tomaran por un soberbio.  Bastante hago con no defraudarme a mí mismo, muchos en mi lugar lo habrían hecho para sentirse socialmente integrados.  El pánico que conlleva ser puro de corazón y gobernarse la cabeza es inenarrable, así que invito a todos los normalitos sobre la faz de la tierra al ejercicio de ponerse en nuestro pellejo.  A ver qué tal se sienten, a ver si son capaces de soportar este calvario con tal de ganarse el atributo de especial.  Quieren ser especiales pero no están dispuestos a tolerar ni un calificativo más (raro, marginado...) ni mirada despectiva alguna.  No se puede tener todo, aunque por mí no hay problema en que sigáis anhelando la presunta bohemia de ser peculiar.  Me parto la caja, me entra una risa nerviosa de la que me siento especialmente orgulloso, como orgulloso estoy de seguir en mi línea y de sentirme tan libre, esclavo solo del tormento de vivir a disgusto.

26/04/2009 19:50 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos Hay 5 comentarios.

EL COLAPSO DEL RUIDO

Los que sois de ciudad entenderéis esto tan bien como yo.  A fuerza de saturación, el ruido se ha convertido en una enfermedad crónica, en un mal soportable pero no por ello menos dañino.  La ciudad es una caja de tambores y sonajeros endiablados en constante agitación de los cientos de miles de almas que habitan en ella.  Es un pulso irrefrenable que marca el paso del tiempo a través de los carteles publicitarios y los cláxones.  La violencia acústico-visual de la publicidad, el tráfico y los rascacielos altera la calma del más imperturbable.  El hombre, un animal que en estado natural se mostraría eminentemente letárgico, se adapta como un guante al maltrato de sus ojos y sus oídos.  ¿Sin rechistar?  Pues yo levanto mi voz contra esta morralla, me niego a ser víctima de la lucha sin tregua entre los decibelios de una frenada y los del pitido del ascensor, y por si fuera poco, me niego a pensar que soy el único con temor a que esta pugna no finalice jamás, a que el ruido vaya invadiendo nuestra quietud hasta que llegue el momento en que conciliemos el sueño entre los gritos de una conversación de fondo.

 

El silencio es el eslabón más débil de la cadena y por ello hemos de protegerlo.  Siempre habrá ONGs protestando por la contaminación atmosférica, asociaciones de jueces cuestionándose la calidad del estado de derecho y un sinfín de colectivos detrás de cada causa plausible.  Pero el silencio es cosa distinta.  La perturbación del silencio no se manifiesta en ningún índice.  A medida que me acerco por la autovía a la ciudad del aire enrarecido vislumbro los edificios bajo el yugo de una masa anaranjada de CO2 y me da verdadero pavor pensar en cómo se resentirán mis pulmones cuando no me quede más remedio que adentrarme en ella. Mientras la polución en el aire provoca miles de muertes al año, las consecuencias del ruido solo asoman en una inconexa red de consultas de psicólogos y sesiones de yoga.  Al no ver sus dramáticas consecuencias, el hombre se cree con la libertad para generar ruido de forma exponencial: cada vez más y de formas mucho más variadas.  Algo similar sucede con la contaminación lumínica, que es sigilosa, imperceptible para la mayoría, pero que sin embargo genera grandes derroches energéticos y hace creer a los pájaros que viven en un día eterno.  Estoy convencido de que si las personas carecieran de raciocinio al igual que los pájaros, tampoco verían llegar nunca la noche y en consecuencia jamás volverían a encontrar el momento de echarse a dormir.

 

Como la luz, el ruido también alarga los días con el objeto de hacer las noches menos inhóspitas.  Allá donde se conjuguen bullicio y claridad habrá seres humanos, por eso tiramos del ruido hasta hacer de él una sustancia pegajosa con la que impregnar nuestros días y temidos silencios.  Alargamos las noches de jalea para llegar el domingo por la tarde a casa con el riñón destilando metralla y una cefalea insoportable.  El silencio solo pertenece a los cementerios y a los fines de semana de los puros, y si alguien opta por pasar el sábado lejos del mundanal caos, sin duda es un antisocial.  Peor aún si valoras los silencios tanto como la buena música, porque, lejos ya de existir silencios incómodos, ahora el silencio es incómodo de por sí, una auténtica anomalía.  El ansia comunicativa produce que la gente asimile cualquier reducto de tranquilidad como un trance aciago solo propio de seres proscritos.  En un intento de salir de él, las mujeres te preguntarán en qué estás pensando, pero en verdad estarán diciendo: "sígueme el hilo, dame conversación que tengo miedo de que mañana no tengamos nada más que contarnos".

 

El ruido acompaña y comunica, pero también tiraniza.  La tiranía del ruido radica en el asedio a nuestro pabellón auditivo mediante la radiofórmula y demás torturas sociales.  Cada vez más, el público ha de hacer serios esfuerzos para encontrar flor y nata que no irrespete sus ya agónicos oídos.  Vivimos en una sociedad tan desquiciantemente mediatizada que todo lo invade un archivo mp3 de remezcla, idéntico al anterior y al siguiente por mucho que cambien los hits.  Las radios comerciales ya no se conforman con sonar en las salas de espera y ahora pretenden que las llevemos siempre encima a través de los mp3 y las melodías del móvil.  Por si fuera poco, las cadenas musicales de TV nos permiten pasar las 24 horas del día escuchando beats sin espíritu.  Hipnotizado por esa retahíla infinita de clips cosméticos llego a la conclusión de que ya no hay marcha atrás.  En el preciso instante en que se abrió ante nosotros la posibilidad de estar días enteros tumbados frente a la pantalla sin dejar de oír música ni un segundo perdimos cualquier oportunidad para rectificar.  Yo propongo que tanto las radios como las televisiones musicales guarden un celo de cinco minutos diarios para sosiego de la audiencia, lo cual ocasionaría pérdidas millonarias, pero nos reconciliaría con el valor del silencio por encima del despropósito del ruido, de la música aséptica indicada tanto para la consulta de un psiquiátrico como para una fiesta intrascendente, es decir, Kiss FM y Mtv. 

 

¿Cuándo se esfumó el silencio de la faz de la tierra?  Claro está que todavía sobreviven resquicios de quietud en áreas recónditas de Siberia, en las profundidades abisales de los mares y en buena parte de los pueblos de Aragón, pero allá por donde nos movamos habremos de someternos al pulso de los sonidos diminutos.  No basta con apagar la televisión, encerrarte en tu cuarto y cubrirte la cabeza con la almohada, pues ahí está acechando la televisión del vecino, el rap del de abajo, el reggaetón de un coche que pasa, los cláxones de la avenida, el tic-tac del reloj, el frigorífico... un largo etcétera de fluidos, corrientes eléctricas y conversaciones de las que es imposible escapar.  Y qué hacer.  No vas a desconectar la nevera, quitarle las pilas al reloj y reventarle el coche al hortera del reggaetón.  Te resignas, aprendes a convivir con esa orquesta desafinada.  Y hay una mala noticia: las urbes españolas son, solo por detrás de las japonesas, las segundas del mundo con mayor contaminación acústica. 

 

Me siento en la última fila del bus intentando en vano huir de esta lacra social.  Saco el mp3 y paulatinamente voy subiéndoles el volumen a Santogold y los Crystal Castles.  Así al menos la banda sonora la elijo yo, y no el consorcio de transportes.  En verdad, el ejército de gente escuchando el mp3 en el transporte público no es más que una muestra de rebeldía frente a la tiranía del ruido, y se me hace triste descubrir que cada vez más y más personas han de subirles el volumen a sus aparatos.  Dará resultado mientras no nos quedemos todos sordos.

 

Y hasta aquí llega la misiva para los que tenéis la suerte de joderos única y exclusivamente con el ruido propio de los cruces de avenidas.  Reconozco que os miro con una cierta envidia cuando habláis animadamente sin temor a levantar la voz, sin cortapisa alguna a vuestras conversaciones livianas, porque sé de uno, pero también sé que no soy el único, que además de lidiar con el ruido exterior ha de plantarle cara a las voces de su interior.  Me refiero al acoso esquizoide del remordimiento, de un riguroso sentido del ridículo que amortaja a quien lo sufre.   Lo llevo tan adentro, y es tan persistente, como la imagen de Bar Refaeli en la portada de ‘Sports Illustrated’, por ejemplo.  Es, para que os hagáis una idea, algo similar a lo que le sucede a un asesino en serie, solo que las voces de éste suelen instarle a matar gente y a no sé qué más barbaridades.  En cuanto a mí, esos ecos se limitan a recordarme qué hago mal.  Me frustro por no poder desembarazarme de tamaña molestia, por no alcanzar nunca el vacío sonoro que otros ven como deleznable.  Vuestro ‘horror vacui’ es el bálsamo de Fenris, y para mis oídos vuestra cháchara inocente es de una naturaleza inicua.  Tanto para acallar mis voces como para haceros callar a vosotros sigo disponiendo de un único artilugio: un mp3 cargadito de ‘noise’. 

 

Y cuanto más oigo de en derredor, y más se eleva la voz de mis entrañas, más ‘noise’ es la música que escucho, para contrarrestar.  De este modo explico por qué me aficioné a Xiu Xiu el pasado verano.  Desde entonces, el triunfo de mi quietud se manifiesta en las contadas mañanas en las que me levanto con mono de escuchar La Buena Vida.  Para nosotros los perturbados esta bifurcación en el mapa de los sonidos recibe el término científico de ‘colapso del ruido’.  El exterior anula nuestra capacidad de comunicarnos y el interior nos mantiene entretenidos en la cura de esta enajenación fatal.  A nosotros el ruido nos afecta el doble.  Y que no, que no hay consuelo para los difusos.  Oigo voces que no se conforman con hacerme ensordecer, sino que cada vez me dejan más miope y neurótico (y los fines de semana más briago).

 

Pero al resto tampoco os tocó un camino de rosas.  Todos estamos condenados a aguantar el ruido hasta que muramos.  Resignaos a arrastrarse por la vida con banda sonora de fondo.  Pienso en cómo se multiplicaría nuestro potencial si pudiéramos convivir en ciudades más silenciosas.  Sin embargo, hemos preferido pagar el peaje del ruido para vivir en grandes urbes sin renunciar a ir en coche al trabajo.  Conformaos si queréis, pero yo insisto en oponerme a que vuestro estruendo cercene mi inventiva.  No es casual que mis artículos tiendan a ser enrevesados.  Esto es cosa del ruido, que no me deja pensar.

25/02/2009 11:09 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Desvaríos Hay 7 comentarios.


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