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NORUEGA 2009

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Oslo

 

Efectivamente, los lagos noruegos presentaban texturas variadas.  En el centro de las lagunas había partes de agua uniforme sobre las que patinaba el débil reflejo del sol.  ¿Sería hielo, el último vestigio de las eternas heladas invernales?  Más adelante tuvimos la oportunidad de observar atónitos los macizos montañosos en los que no había lugar a dudas.  En Noruega, la nieve y el agua congelada están presentes durante todo el año.  El blanco y el gris que cubren las superficies acuosas y muchas montañas encuentran su réplica en un cielo de pesadumbre.  Ya os dije que Noruega era cosa distinta a Estocolmo.  Más frío, más deprimente, pero al mismo tiempo igual de bello, sobre todo si vienes de la tierra batida, de la que apenas has salido en 22 palos.  Nos gusta el contraste con nuestros orígenes, y en territorio nórdico lo encontramos por doquier.  Antes de entrar a Oslo tuvimos una buena ración de paisaje escandinavo, solo faltaban unos alces adornando el ambiente para completar la postal.  Cuando el tren paró todavía no era de noche, aunque estaba nublado y el ambiente parecía bastante apagado.  Nos costó un rato largo encontrar el hostal, que estaba situado en la orilla de un pequeño río y a la entrada de un barrio poblado en su mayoría por magrebíes y paquistaníes.  En muchas esquinas había agradables cafeterías estudiantiles abiertas de par en par, me quedé con las ganas de entrar en algunas de ellas.  En Oslo nos pidieron limosna y nos ofrecieron hachís y cocaína.  A diferencia de lo que esperaba encontrarme, se trata de una ciudad atestada de pobreza y con una brecha social un tanto pronunciada, pero dicen que los índices de delincuencia son bajísimos.  Menos turismo y más inmigración que en Suecia. 

 

Cuando nos despertamos al día siguiente, teníamos ante nosotros una nueva capital europea por conquistar.  Basta con que las nubes amenacen lluvia para que las calles de Oslo muestren su rostro más conocido, el de una urbe triste.  Pero todo tiene remedio.  A mediodía salió el sol, y de repente, las aceras que hasta entonces lucían desiertas se llenaron de gente con ganas de aprovechar ese despiste del clima subpolar.  Justo esa tarde el Liverpool jugaba en la ciudad contra un equipo local, con lo que hubo que sumar los gruesos hinchas ingleses que habían tomado vuelos chárter para ver el partido e intentar disfrutar de la casi inexistente fiesta de Oslo.  No pudimos ver demasiado en nuestro único día ahí.  Me quedé con las ganas de acercarme a Vigeland, un parque lleno de esculturas humanas facturadas por el artista Gustav Vigeland, pero quedaba demasiado lejos del centro.  En verdad toda la capital noruega tiene esculturas allá adonde dirijas la vista, formas oníricas de difícil interpretación que adornan muchas plazas y avenidas.

 

Las horas se hicieron cortas, pero no nos perdimos el Museo Munch.  Yo nunca me habría perdonado salir de Noruega sin mirarle a los ojos al atormentado monigote de Edvard, quien a lo largo de su trayectoria artística fue asimilando la frialdad de los fiordos noruegos hasta el punto de plasmarlo en sus cuadros con sumo expresionismo.  De hecho, hablamos de la referencia fundamental de esa corriente alemana.  Siempre me ha atraído el trazo grueso y el halo de angustia de El Grito, como también lo han hecho Desesperación y Madonna.  El Museo Munch es muy pequeño, en él se exhiben menos obras que en la mayoría de exposiciones itinerantes de las grandes galerías de arte, por eso, al poco de cruzar la puerta y pagar la entrada ya me vi frente a la versión más cruda de la virgen María.  Tras siglos de representar a la madre de Jesús con trazos delicados y halos de divinidad, llegó Munch y mostró el cuerpo etéreo de una mujer madura, que se funde con un entorno oscuro e indefinido.  Aun a riesgo de quedar como un cursi, reconozco que me sobrecogí.  Entre ella y yo solo hubo una marquesina de cristal, esa que debieron de verse obligados a poner cuando hace cuatro años robaron este cuadro y El Grito, y suerte que los recuperaron.  Lo expuesto es bastante escaso en número, pero cada uno de los grabados es una formidable obra maestra, un nuevo grito a la angustia de las almas.  En fin, que se hizo corto, pero fue lo suficiente como para recordarme mi desgastada afición por la pintura.

 

Cuando salimos del museo me sentí como liberado de una obligación contraída con mi espíritu de eterno aspirante a artista.  Ahora tocaba ver tranquilamente el Palacio Real, el parlamento y el ayuntamiento.  Qué pena no entender más de arquitectura para explicar con acierto los logros de esa casa consistorial de aspecto macizo.  Ya por la mañana, cuando aún estaba nublado, habíamos ido a la Ópera de Oslo, un majestuoso edificio envuelto en blanco cuya peculiar disposición permite ir subiendo por su cubierta como quien escala un témpano de hielo.  Buena parte de la tarde y la noche transcurrieron en un parque, intentando tragar un ron impotable que habíamos traído del país vecino.  En Estocolmo, como en toda Suecia, solo puede comprarse alcohol en unas tiendas monopolio del Gobierno, las System Bolaget.  En Noruega tienen una política parecida, y ni siquiera llegamos a encontrar uno de esos preciados establecimientos.  Por supuesto, el precio de la mayoría de bebidas es prohibitivo, pero lo que no esperábamos era que, además de caro, fuera a ser veneno destinado a intoxicar en masa a extranjeros del sur.  El ron negro todavía no ha hecho muchos amigos por aquellos lares, pero todo se andará.  Tras una noche sin nada que merezca la pena recordar volvimos al albergue a conciliar el sueño por unas horas, que en mi caso fueron menos de dos.

 

Fiordos de Aurland y Næerøy

 

La única forma de visitar los fiordos desde Oslo en un solo día es saliendo a las seis y media de la mañana y volviendo a las doce de la noche.  Para llevar a cabo la excursión hay que coger varios trenes, un autobús y un barco; nada de andar y fundirse con el paisaje.  Vimos los fiordos como una postal tridimensionada, y a pesar de ello, fue una experiencia magnífica.  Estaba cansado, la noche anterior había dormido mal y bebido matarratas que me hicieron pasar por ese ron de cuyo nombre prefiero no acordarme, pero bastó con que el tren comenzara su incursión a tierras norteñas para que lo visto desde la ventanilla me hiciera despertar y mantenerme lúcido durante todo el día.  Lo que vi ese 5 de agosto solo será entendido por quien haya visto lo mismo.  Las palabras no sirven de mucho, así que echadle algo de imaginación.  A los bosques les siguieron lagos; a los lagos, pendientes y crestas rocosas; los primeros resquicios de nieve hibernal no tardaron en aparecer.  Después nos adentramos en macizos montañosos en los que apenas crece la hierba.  El frío imperante en todo el año es tan intenso que árboles y arbustos no pueden desarrollarse.  Yo me preguntaba constantemente a qué distancia estaríamos del Círculo Polar Ártico, y como luego a la vuelta pude comprobar, quedaba a unos nada despreciables 650 kilómetros.

 

Al descender de esos montes yermos el ambiente recobró su verde característico.  El tren serpenteaba por laderas impracticables, pasando entre túneles de un valle a otro.  Por sorprendente que parezca, aquí vive gente.  Los pueblos son conjuntos de viviendas coloreadas con múltiples tonalidades alegres.  Qué será de la vida de esas personas.  Quizá solo tengan esas casas para las vacaciones, porque si bien es un lujazo poder disfrutar de ese entorno en verano, en invierno debe de convertirse en un desierto helado e inexpugnable.  En uno de esos pueblos cambiamos de tren.  Nos subimos a un viejo ferrocarril recuperado para el turismo que se detuvo unos minutos frente a la descomunal catarata de Kjosfossen.  Pronto llegaríamos a Flaam, en la orilla del fiordo de Aurland, y subiríamos a bordo del barco para empezar a flotar cuidadosamente sobre las aguas marinas.  Los fiordos son valles excavados por glaciares que ahora se encuentran invadidos por el mar.  El agua discurre tranquila entre acantilados y laderas abruptas.  La única alteración a esa quietud son las cascadas de agua primitiva que se precipitan directamente sobre la superficie del mar.  En pocos lugares del mundo puede disfrutarse de un espectáculo como ese.  El caudal de esas cascadas es blanco, y alimenta un lecho tan puro como el océano Ártico.  Todos los pasajeros del barco, entre ellos mis tres españolitos y yo, contemplábamos atónitos las majestuosas laderas que parecían oprimir el fiordo, el barco y a los que viajábamos en él.  El Aurlandfjord me pareció inmenso, me era imposible adivinar hasta dónde llegaba más allá de las montañas.  Pero sentado en la cubierta del barco leí en un itinerario que se trataba del más estrecho de todos los fiordos con los que cuenta Noruega, y que en realidad no es más que una ramificación del Sognefjord, el segundo fiordo más grande del mundo, sólo por detrás de uno que hay en Groenlandia.  En un trayecto sencillo, la embarcación viró unos noventa grados para atravesar el fiordo de Næerøy y atracar en Gudvangen.  Bajamos a tierra firme y nos subimos a un autobús para comenzar nuestro largo regreso a Oslo.  Nos habíamos salido con la nuestra.  Al día siguiente, cuando volviéramos a casa, podríamos afirmar orgullosos: "Ayer estuve en los fiordos noruegos".  Y sería verdad.  Ahora me muero por volver y llegar aún más lejos, adonde habían llegado los profesores parisinos que conocimos en Suecia.  Así de a gusto me sentí por aquellas gélidas tierras.  Esa es la temperatura de mi organismo.  Cuando esperaba al tren a Oslo en la estación de Voss me sentí como en casa, como si me pateara por enésima vez el paseo de la Independencia.  De la misma forma en que estoy dispuesto a aborrecer Estocolmo, me siento moralmente preparado para que la angustia de los fiordos de Munch me contamine la sangre hasta el punto de salir de ahí huyendo.

 

Y al día siguiente, a eso de las cinco y media de la mañana, nos levantamos de un salto para coger nuestros bártulos y marchar al aeropuerto.  El sol brillaba como nunca lo había hecho en los diez días anteriores, más que en nuestro paso por Burdeos y que en la isla de Djurgarden.  Qué calor, pensé, sin saber la que se me venía encima.  Al llegar a Girona, los pasajeros, nórdicos la mayoría, sintieron el bochorno como una bofetada en la cara.  En Barcelona las temperaturas eran aún más altas.  Compramos el billete de vuelta a casa.  Zaragoza estaba a escasos 300 kilómetros al oeste.  Un paseo para nosotros, que en dos días y medio habíamos llegado hasta Copenhague.  El desierto de los Monegros nos recibió con los brazos abiertos. 

22/08/2009 14:16 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 2 comentarios.

ESTOCOLMO 2009

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Las vías del tren pasan por debajo de la calzada en el puente de Oresund, con lo que resulta imposible obtener una vista del viaducto desde su interior.  Lo único que alcancé a fotografiar fue un carguero que, bajo nosotros, continuaba su ruta en dirección al mar Báltico.  Aunque no lo viera en ningún momento, sé que se trata de un puente majestuoso, de más de siete kilómetros de longitud, que desde 2000 une Copenhague y Malmö.  El cambio entre un tren y otro nos dejó libres varias horas para conocer el centro de esa ciudad portuaria e intentar acercarnos a la Turning Torso.  Cuyo propio nombre indica, simula ser un torso que se retuerce, y es la segunda torre residencial más alta de Europa.  A pie y con 15 kilos de carga encima parecía estar bastante lejos, con lo que a mitad de camino optamos por dar media vuelta y volver a las aproximaciones de la estación.

 

Entre Malmö y Estocolmo hay lagos, ríos y bosques; algún pequeño pueblo disperso y poco más.  Es naturaleza en estado puro.  El día en que haga falta hacer trasvases de agua intercontinentales el mundo entero va a señalar con el dedo a los países nórdicos.  Desde mi vagón, la visión de tantos estanques y riachuelos quedos me tentaban a lanzarme a ellos.  Los bosques son tan densos como una jungla tropical, y más allá de los troncos que se asomaban a la vía tan solo se divisaba oscuridad en su interior.  Qué fabulosas especies animales habitarán esas tierras vírgenes de luz solar, y qué distancias infinitas podrán recorrer sin toparse con la presencia del hombre.  Las urbes nórdicas están perfectamente integradas en el paisaje.  Hasta que el tren no se adentra en el mismo centro de las ciudades uno no se percata de que ha llegado a su destino.  Así, el centro de Estocolmo fue la primera muestra considerable de civilización en todo el trayecto.  En una fracción de segundo pasamos de contemplar maravillados la belleza del entorno natural a vernos entre la sofisticada y abigarrada multitud holmiense.  La estación se encuentra en el centro de ocio y comercio de la capital sueca y adyacente a los puntos de interés turístico.  Estocolmo es una ciudad cosmopolita, moderna y animada.  Ellos afirman orgullosos que son la capital de Escandinavia, y por su actividad económica y oferta cultural creo que pueden alzarse con el título.  Si Londres estuviera en Suecia, se llamaría Estocolmo.  En verano es divertimento y bienestar, un paraíso urbano poblado por gentes de todos los colectivos, también del colectivo gay.  De hecho, las banderas multicolor invaden el paisaje.  En la delantera de los autobuses, en torno al Palacio Real...  Y la actitud cívica y formidablemente respetuosa de los holmienses fue el argumento de muchas de nuestras conversaciones.

 

Pero no toda la oferta turística se basa en el divertimento.  La capital de Suecia ha sabido embellecer su patrimonio artístico y, lo que es más importante, sabe venderlo.  La isla de Djurgarden reúne buena parte de esa oferta; ahí se sitúa el famoso museo Vasa, donde se levanta, bajo una cubierta que simula el perfil de un barco, la embarcación homónima del siglo XVIII.  El Vasa se hundió en el archipiélago de Estocolmo 20 minutos después de haber salido del puerto en su viaje inaugural.  Hoy su riqueza ornamental queda a la vista de miles de visitantes diarios.  La guía en español se armó de la sinceridad suficiente para explicar que tantos turistas no hacen más que perjudicar el delicado estado del legendario buque, pero que los ingresos de las visitas son demasiado suculentos como para que sean dejados de lado.  Junto al Vasamuseet tenemos el Skansen.  Fundado en 1891, parece ser que se trata del museo al aire libre más antiguo del mundo.  En él se muestran las construcciones típicas de todas las áreas rurales suecas, desde la Laponia hasta las regiones más habitables del sur.  Todo está dispuesto con sumo cuidado y realismo, e incluso hay figurantes que deambulan por la calle y los edificios con trajes de la época.  Una hermosa panadera traída del siglo XIX nos vendió unos panecillos por cuya receta estoy dispuesto a aprender sueco, y el grado de intimidad reflejado en algunos hogares me despertaba sumo respeto.  Animales autóctonos de la península escandinava completan la visita, con los majestuosos alces y osos como ejemplares destacados.

 

Y para los mochileros siempre existe otra experiencia paralela en los albergues.  El nuestro se situaba en un extremo de Östermalm, el barrio pijo por excelencia.  Durante el curso es un instituto, pero en verano reconvierten las espaciosas aulas en harenes de siete literas cada uno.  Auténticos barracones, sí, solo que con una pizarra y un armario de libros de texto a un lado.  Las duchas -comunitarias- son las mismas que las utilizadas por los pubescentes suecos en invierno, y están al otro lado del patio.  Era un espectáculo ver a los intrépidos que, a eso de las ocho de la tarde, iban a ducharse descalzos y en calzoncillos.  Todos seres del norte, supongo, acostumbrados a enfundarse sudaderas en verano.  Alemanes, austriacos, franceses, australianos y nosotros.  He aprendido más inglés en albergues y hostales que en tres cursos de la escuela de idiomas.  Lo que es más importante, he conocido a más anglosajones, personas hechas a idiomas extranjeros.  Una noche, uno de mis colegas y yo asistimos a una bacanal cervecera protagonizada por los moradores ocasionales del albergue.  Entre los desvaríos lingüísticos propios del efecto de las burbujas, trataban de hacerse entender y poner gustos en común gente de orígenes formidablemente diversos.  Conocimos a unos jóvenes profesores parisinos que volvían en coche del cabo Norte, y así fue como recordé una de mis aspiraciones más pueriles, la cual pretendo saciar en futuras incursiones a fronteras lejanas.

 

Ese homenaje de noche estuvo bien, como igual de bien estuvieron los museos, el archipiélago, los centros comerciales y el archiconocido ayuntamiento holmiense.  Estocolmo estuvo muy bien, pero lo que más me gusto de esa ciudad no fue ninguno de sus edificios, tampoco su peculiar disposición en islas de formas caprichosas.  Lo que me apasionó de la capital de Suecia es algo que bien podría encontrar en otras muchas ciudades en menor medida.  Fue la sensación de bienestar.  Si nos da por personificarla, diríamos que Estocolmo es una ciudad íntegra.  A excepción del clima, sabe ofrecer a sus habitantes todos los ingredientes que una buena calidad de vida requiere.  Estoy convencido de que los rostros de los holmienses se endurecen en invierno, me hago cargo de ello.  Pero con el despertar estival no queda más que mirar sus caras de satisfacción incontrolada y concluir que debe de ser un lugar estupendo para vivir.  No pasaré por alto aquí un sentido a la par que merecido reconocimiento a un gran actor español de quien al fin he comprobado por mí mismo que tenía toda la razón del mundo: hay que ir a por las suecas.  Las lapidarias y gélidas temperaturas invernales quizá hayan hecho de los suecos seres poco gallardos, pero hasta esto tiene solución.  Un español, con el corazón a rebosar de sangre caliente, emigrando a Estocolmo.  Con cábalas similares abandoné aquella gran ciudad.  Delante de nosotros, más lagos y ríos; y a mitad de camino y sin previo aviso, Noruega.  Las cosas iban a empezar a cambiar.

19/08/2009 00:03 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

COPENHAGUE 2009

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Al llegar a Hamburgo cambiamos de tren para coger el que nos llevaría a Copenhague.  Apenas contábamos con 10 minutos para hacer el trasbordo, y como no estábamos seguros de si nos seguiría bastando con nuestro billete de Interrail fuimos a hablar con un revisor que nos dijo que el tren estaba lleno.  Corrimos entonces hacia el primer vagón, donde habíamos divisado a otro interventor, y éste nos dijo que con Interrail no había problema.  Aunque no quedasen asientos libres, podíamos acomodarnos en los huecos que quedan entre los vagones.  No éramos los únicos.  Por los pasillos había multitud de individuos en busca de plazas vacantes.  Hasta que llegamos a Lübeck tuvimos que pasar el viaje de pie, haciendo equilibrios para que no se nos cayeran los botellines de Carlsberg, que en el bar del tren costaban solo 2,90 euros.  Fue un tanto incómodo, pero cuando ya nos acercábamos a la costa el vagón se fue vaciando y pudimos apoltronarnos en unos confortables asientos.

 

Ese mismo tren llega hasta la capital danesa, pero el paso de Alemania a Dinamarca a través del estrecho de Fehmarn se realiza sorprendentemente por ferry.  El tren de la Deutsche Bahn se mete hasta las trancas en un barco casi tan grande como un crucero.  Todos los pasajeros han de abandonar los vagones y suben a la cubierta, desde la que se puede divisar  territorio germano y la primera isla de Dinamarca, Lolland, con sus omnipresentes molinos de viento en el horizonte.  Aquí me percaté de que las tierras del norte de Europa no son más que una continuación verde del vasto mar.  No hay colinas, y los únicos accidentes geográficos son los incontables ríos y lagos que interrumpen las praderas infinitas.  Pude confirmar esta idea cuando el ferry arribó a su destino y el tren empezó a abrirse paso por Lolland, una vez hubo parado en Rodby.  Las islas se me presentaron como caprichos del océano, allí donde la tierra firme escasea.  Me dio la impresión de que si hubiera tenido que pisar esa hierba húmeda me habría hundido en las frías profundidades del Báltico.  La ruta hacia Copenhague fue haciéndose más hermosa a medida que el sol se precipitaba perezosamente, tal y como suele hacerlo por aquellos lares.  Ya era noche cerrada cuando, al fin, llegamos a la gran ciudad danesa.

 

Copenhague es una capital pequeña y amable, si bien dudo que durante el invierno se muestre igual de acogedora.  Como cuatro españolitos más, mis amigos y yo estábamos bien servidos de los tópicos sobre los nórdicos, presuntamente fríos y calculadores. Las dos primeras personas con las que tratamos esa noche en el albergue eran unos bordes, pero no daneses.  Y más bordes los he conocido en la ciudad del aire enrarecido, os lo aseguro.  Las bajas temperaturas se cernían sobre nosotros como una amenaza, y es que cuando en pleno verano se llega a cinco grados, quién te garantiza que no bajarán de los cero y le pillarán a uno sin el forro polar.  Afortunadamente el tiempo se portó con nosotros.  Los inviernos escandinavos serán todo lo duros que quepa imaginar, pero me da que los infernales veranos del sur son igualmente insufribles.  Por si fuera poco, el agradable clima estival de esos países, unido a su estratosférico nivel de vida, hace de estos meses unas auténticas vacaciones en las ciudades y pueblos.  La gente aprovecha las largas tardes para hacer todo aquello por lo que llevaban esperando hasta bien entrada la primavera.  Salen, se divierten, las chicas lucen la moda veraniega más trendy, se lucen a sí mismas.  Y llegados a este punto mejor paramos, porque las rubias danesas merecen que les dedique un sentido poemario antes que un insulso artículo.  Digamos que con mujeres así, hasta el pueblo más cutre de Aragón debería ser declarado patrimonio de la UNESCO. 

 

En fin, aquella jornada a matacaballo en Copenhague estuvo muy bien.  Vi La Sirenita, ese mito de baja resolución sin valor artístico alguno, y posiblemente el único punto de toda la ciudad en el que uno se siente un turista más.  Unas pocas horas nunca dan para mucho, pero casi al final de nuestro recorrido, y sin que lo hubiéramos pretendido, nos dimos de bruces con Cristiania, un barrio creado por el movimiento okupa hace casi 40 años en el que las normas del Estado danés no valen.  Se rige por su propio código.  De hecho, en el reverso del cartel de entrada puede leerse "You are now entering de EU".  En Cristiania el tráfico, tenencia y consumo de las llamadas drogas blandas es legal, y los camellos ofrecen hachís por la calle.  Más adelante aprendí que no era el único sitio en los países nórdicos donde esto ocurría.  La diferencia es que aquí lo hacían con total tranquilidad.  La población del barrio (se aproxima al millar) está formada por artistas y peña de los colectivos sociales antisistema.  Hay pocas cosas ilegales en esta comunidad, entre las que destacan la propiedad privada, los coches, la tenencia de armas y hacer fotos.  Yo hice unas cuantas, pero cuando ya nos íbamos uno de mis colegas hizo un último disparo de cámara y un hombre le dejó bien a las claras a base de gritos que estaba prohibido tomar imágenes.  Ahora leo por ahí que las cosas se están poniendo bastante tensas en ese barrio a causa de su incierto futuro.

 

Dimos una vuelta más entre los cuadriculados canales de Copenhague y volvimos al albergue, donde nos llevamos otra sorpresa, y bien grata: en recepción nos dijeron que en Dinamarca se puede beber en la calle, lo cual no está nada mal, sobre todo si eres un borracho.  El precio del alcohol está por las nubes y hay pocas noches del año en las que apetezca beber al fresco, pero ahí está esa siempre ansiada libertad.  Bebimos un Bacardi sabor melón y alguna guarrada más en el banco de un parque y nadie nos miraba.  Luego tuvimos que marchar hacia los bares y ya no nos pareció todo tan bonito.  Resulta difícil conocer la noche de una ciudad y adaptarse a ella.  Yo mismo llevo más de 20 palos en la Gran Ciudad y aún no le he pillado el truco a los bares de pachanga, con que estoy hecho a la idea de que con una primera juerga no basta.  Por fortuna, encontramos un garito decente y en él nos quedamos, consumiendo chupitos y nuestras últimas horas de experiencia en Dinamarca. 

 

El día se abrió ante los rezagados a eso de las tres y media, momento en que volvimos al albergue para dormir (malamente) unas pocas horas antes de coger el tren que nos llevaría a la próxima escala de nuestro viaje.  Suecia, otro país, un horizonte más.  Ahora iba a aprender lo que es, literalmente, un lago tras otro.  Me había cansado de ver tejados a dos aguas, bosques y mujeres, pero quería más.  Estaba ebrio perdido y nada más cruzar el estrecho de Sund pude dar rienda suelta a mi flamante nueva adicción.

14/08/2009 01:12 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

ESCANDINAVIA 2009

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Pese a que hace quince días mi ánimo era bien distinto, finalmente mi sentido del deber y el cansancio físico me han hecho volver del paraíso.  Hace unos días partí de Oslo con la impresión de haber abandonado una tarea a medio completar.  Mi ruta por tierras escandinavas, y esto sí entraba dentro de lo esperado, ha resultado ser desatadamente infecciosa para mi espíritu.  Desde que salí de la puerta de casa he aprendido muchas cosas, y no solo culturales.  Este viaje ha sido para mí una constatación del ímpetu que siento por ampliar horizontes, por observar el mundo más allá de la tierra quemada monegrina.  Porque sé que cuanto más lejos esté, más valoraré la aridez, el viento imbatible y todo lo que encarna la Gran Ciudad.  El amor platónico que siento hoy por el hielo y la humedad nórdicas no son comparables con mi pasión por la urbe aciaga que me ha visto crecer, pero he de hacerlo, he de separarme por un tiempo de este valle tan plano para poder retornar luego a este blog y describiros la Ciudad del Viento con mayor perspectiva.  Con este viaje creo además haber hallado un entorno que mantiene constante la temperatura de mi organismo.  Frío y concienzudo, ahora apenas me basta con terminar aborreciendo alguna de esas capitales, desarrollar la manía obsesiva que a la larga acabo sintiendo por todos los seres y lugares de este planeta y de esta forma completar el círculo.  Estoy dispuesto a aborrecer Estocolmo para acto seguido verme obligado a buscar un nuevo destino que satisfaga mis exquisitos gustos.  Cuando llegue el momento, probablemente deberé emigrar a Barbados, Siria, Nueva Zelanda...  Solo de pensarlo me mareo.

 

Quiero ser un animal nómada y parasitario, que las cantidades de mujeres y Santa Teresa nunca me sean suficientes.  En cuanto a las mujeres, digamos que las suecas están a la altura de su fama internacional.  Respecto al ron, a partir de ciertas latitudes es tan escaso como los días de sol, y por tanto demasiado caro y difícil de conseguir.  Advertido de esta circunstancia, antes de empezar el viaje pensé que bien podría servir como una terapia de desintoxicación.  Me había visto tentado por la idea de llevarme alguna botellita de Cacique, pero me dije a mí mismo que mejor probar una experiencia abstemia.  Pues bien, me pusieron el ron (blanco) ante la jeta en un bar con muy poca personalidad del centro de Oslo.  Rebosante de hielos, con pajita, pagué 92 coronas por semejante bazofia y me sentí una mierda.  Tan solo dos días antes no había tenido bastante con un cubata, y fueron innumerables cervezas y dos white russian los que me adormecieron en un falso estado de control.  Aquella noche contemplé Estocolmo sedado por los efectos de la metralla más exquisita, y a la mañana siguiente, tan solo agotamiento y sudor.  Me provoqué el vómito, me arrastré por las calles con trece kilos en la mochila y lloré mi debilidad de espíritu.  Esta ansia etílica me acompañaría hasta los polos, pero yo no ceso en mi titánico esfuerzo de domarla y adaptarla a mis necesidades sociales. 

 

Con alcohol o sin él, las noches de este viaje han sido mágicas.  A las once de la noche aún había en el cielo algunos destellos de luz solar, que volvía a aparecer apenas pasadas las tres y media.  Es la mejor muestra que tengo de lo lejos que he llegado.  Hemos arañado el círculo polar ártico. Desde entonces, cuando abro un atlas considero mi última ruta como territorio ya conquistado, marcado en rojo pasión con un trazo grueso.  Y quiero que esa línea continúe.  Quiero ser un aragonés errante al que un buen día le pregunten en televisión:

 

- ¿Por qué viniste? ¿Qué haces aquí?

 

Llegado el momento, creo que me sobrarán los motivos.  Me pasé la infancia delante del mapa, leyendo la National Geographic y soñando con vivir las aventuras de Tintín, ese gran periodista.  Ahora toca acercarse a los sueños al tiempo que a latitudes y longitudes insospechadas.  Mi pulsión por escapar es tan fuerte que está haciéndose con el control de mis pies sin mi consentimiento.  Lo noto, cuando me tumbo en la cama soy víctima de espasmos, siento que he de cambiar de aires.  Yo no soy ningún revolucionario, tan solo un inconformista con tendencia a la desidia, a cambiar de sitio y de compañías en cuanto tengo oportunidad.  Quizás seas como yo.  Si te jode que la ropa que llevas puesta ahora mismo ha viajado más que tú, significa eres de los míos.  Te aconsejo que viajes todo lo que puedas.  Si para ello tienes que separarte de los tuyos, hazlo.  No desaproveches la oportunidad de contemplar puro hielo derritiéndose en verano.

 

P.D.: A Jacobo, Fernando y Alejandro, gracias por haberlo hecho tan fácil.

11/08/2009 23:49 Autor: Fenrisolo. Enlace permanente. Tema: Viajes Hay 1 comentario.


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